No sé porque he dejado pasar tanto tiempo para escribir, teniendo la tranquilidad y las facilidades como para haberlo hecho -varias veces- durante estas semanas. Es ahora, esta noche, esperando el tren de Irkutsk a Krasnoyarsk que recién me propongo retomar este intento de muleta para mi compleja memoria.
Quedé en la salida a Japón, y por ende, en la llegada a Corea. Probablemente por toda la mezcla de emociones que tenía tras dejar la tierra del sol naciente el proceso fue algo que se dio bastante fácil, casi como si no hubiese pasado por aduanas ni las clásicas burocracias de los aeropuertos, ni si quiera por el stress de llegar al hostal, de no perderse. No, todo salió perfecto. Tomé un tren/metro desde el aeropuerto directo la estación de la Universidad de Hongik (solo Hongik), barrio de buen carrete, en dónde estaba el hostal en el que me iba a quedar.
Llegué en la tarde, pero todavía con sol, solo había una persona en el hostal que en realidad era como una pequeña casa para universitarios que van a estudiar de otros países. Conversamos un rato, escribí un poco, y fui a comer una pizza que me recomendaron. Saqué fotos y no sé si fue que se me soltó el nervio, o que comí mucha pizza con coca cola, pero me sentí mal al rato así que, pese a que me habían invitado a salir, me quede en el hostal a dormir y a descansar. De verdad que lo recuerdo y es muy nada, muy normal todo, como de siempre.
Llegué en la tarde, pero todavía con sol, solo había una persona en el hostal que en realidad era como una pequeña casa para universitarios que van a estudiar de otros países. Conversamos un rato, escribí un poco, y fui a comer una pizza que me recomendaron. Saqué fotos y no sé si fue que se me soltó el nervio, o que comí mucha pizza con coca cola, pero me sentí mal al rato así que, pese a que me habían invitado a salir, me quede en el hostal a dormir y a descansar. De verdad que lo recuerdo y es muy nada, muy normal todo, como de siempre.
El día siguiente fui a hacer las clásicas cosas turísticas, lo primero: el Museo de la Guerra, que me dejó con una sensación muy extraña, sentimientos encontrados, fundamentalmente por la propaganda en el lugar. En realidad no era un museo que reviviera la historia como para impedir que ocurra de nuevo, o que se detenga, como debería ser en este caso. Era una mezcla entre museo y justificación. Y el nivel de detalles en la narrativa a veces era absurdo. Bueno, hice un tour de esos gratis y me tocó con dos marines gringos. Está lleno de gringos por allá. Hay bases militares y bueno, es fácil comprender los niveles de influencia, casi colonial -para variar- de USA en esos lados. Igual vi una réplica de un barco tortuga en la parte más antigua y eso me dejó feliz.
Después caminé por el centro, caminé todo el día, fui a todos los lugares que pude y guardo bonitos recuerdos de aquello. Pero solo bonitos recuerdos porque se le acabó la batería a mi cámara y no tenía como recargarla. La gente era simpática, me ayudaba a orientarme y la vida se veía bastante apacible para ser una capital tan grande.
En la noche salí con la gente del hostal a un bar de extranjeros, bailé hasta que me dio hipo, conocí gente simpática y tomé Sochu, que da una caña horrible, por lo que el día siguiente estuvo medio muerto. Ese día muerto, en la noche, llegó Simon, y después de ponernos de acuerdo con los complejos detalles para el arribo a China salimos a dar unas vueltas, a tomar unas cervezas por ahí. Y lo mismo al día siguiente, salimos a recorrer lo más que pudimos ya que al día siguiente había que tomar el ferry a China temprano por la mañana.
Más allá de lo clásico que siempre comenta la gente que va por allá, de que hay muchos cafés, que las Coreanas son muy lindas, pero que son un tanto esclavas del culto a la belleza (ahí esta lo de las cirugías a granel y lo de que hay salas para maquillarse en todos lados), me gustó mucho Corea. Me dejó con una sensación muy tranquila, pasé como Pedro por su casa. Definitivamente es un pendiente volver y vivir esa cultura más en profundidad. La gente te conversa a veces, cuando te ven en la calle tomando algo, son amables, echan la talla, no hay inseguridad prácticamente de ningún tipo. Pero al mismo tiempo viven con el fantasma de la guerra en cada esquina. En síntesis, no olvidan esa tradición tan asiática de lo enigmático.
Llegar al ferry para China fue toda una aventura por si misma, pero lo logramos. Hasta el momento, Asía nos había tratado de la mejor forma posible.
Hasta el momento.
Próximamente, los días en China tu madre.
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