Ya en el Aeropuerto, con
tiempo de sobra y nada que hacer antes de tomar el avión.
Una infinita calma resalta en comparación a la última vez que
estuve acá, dónde nervioso me aferraba a una pareja Argentina que
ya tenía algo de experiencia en estas tierras, teniendo todo y la nada
enfrente y una energía que ahora envidio.
En el fondo los nervios están igual, pero se mecen bajo la máscara de una cara seria. Me voy de acá, de esté país que de alguna torcida manera conquiste, que hice mio aún siendo un extraño. Indescifrable alquimia que deja el día a día de un año. Y en especial de los últimos meses, de Wellington, de los amigos, del departamento, el Mt. Victoria, la noche y la rutina.
En el fondo los nervios están igual, pero se mecen bajo la máscara de una cara seria. Me voy de acá, de esté país que de alguna torcida manera conquiste, que hice mio aún siendo un extraño. Indescifrable alquimia que deja el día a día de un año. Y en especial de los últimos meses, de Wellington, de los amigos, del departamento, el Mt. Victoria, la noche y la rutina.
Ahora voy a
un país aún más ajeno que este, pero a diferencia de la primera
vez un amigo me espera. A diferencia de esa vez, son solo
vacaciones, un mes y algo, quien sabe. No hay que jugarsela, nada que
rasguñar, aunque no deja de ser vertiginosamente ajena la noción de
un Japón. Pero allá vamos, quizás aún no despierto a la realidad
de que veré un lugar que nunca imaginé conocer en mi vida, quizás
la tristeza de dejar lo que fue un hogar, los amigos, la
incertidumbre absoluta de decir adiós y no saber si volveré a
decirles hola, es lo que ensombrece este momento.
Nunca viví
en otro lado que no fuera Santiago, no con conciencia al menos,
cuando niño estuve en Valparaíso y alrdedores, poco después en
Ecuador, pero desde que empecé a razonar que ya estaba en esa gran
urbe hundida en la tierra. Y yo también estaba hundido con ella, por eso
necesité la energía de una nave espacial para romper la gravedad y
atreverme a salir. Y lo hice así, a pura energía, a puro fuego. Y
no temí ni por un segundo que mi adiós a la gente en Santiago fuera
para siempre. Sabía que era tan solo un hasta luego, quizás uno
largo, de uno o unos cuantos años, no lo tenía claro, pero si
estaba la certeza de ser solo un hasta luego. Y ahora no.
Es la
primera vez que vivo esto, y me siento totalmente desarmado. En
desventaja. Sin cultura de viajes, sin armadura en la piel y si bien
sé que así como nunca me imaginaba ir a dónde voy ahora, puede que
vaya en algunos años a por el mundo, a por ellos, a ver a mis amigos. Pero
sabemos, los de esa tierra perdida que es Chile, lo difícil que es
salir de ella.Y temo por mi, por no tener otra vez la energía que
necesité para hacerlo hace poco más de un año.
Digamos que
estoy triste.
Ciertamente
hay muchas cosas que no hice en Nueva Zelanda, algunas de las que se
consideran fundamentales incluso, como ir a la isla sur, ir a ciertos
lugares turísticos como Hobbiton o el Tongariro, y claro, por más
de alguno pasé por enfrente, en otros me quede en la entrada y a
otros solo los vi de lejos, por rata, por que no me interesaba,
porque no se pudo en su momento.
Trabajé
como chino, y me alegro de ello, de saber que pude sacar la pega en
cosas tan extrañas para mi hace unos años como el ser temporero,
empaquetador en una fábrica, ayudante de cocina o limpiador en un
hostal, llegando incluso a ser supervisor nocturno, algo que de
verdad me sorprendió. Aprendí que la dignidad no está en el trabajo, sino en los trabajadores y que nada es tan malo, ni tan terrible, si se hace con amigos.
Y si bien no
pude ahorrar lo que hubiese querido, ya que mucho tiempo -sobre todo en el invierno- lo pasé con trabajos esporádicos que alcanzaban apenas
para pagar los gastos, lo definitivo es que del total de lo que gané
en este año, ahorré más de la mitad, gracias a lo que puedo seguir
viajando un poco más. Y no me molesta decirlo, pero me siento
orgulloso de aquello, de haber (inconscientemente) seguido las
enseñanzas de mi abuela: La mitad para gastos, la mitad para el
ahorro.
En el
tema de las relaciones de pareja, bueno, no fue un buen año. No
conocí a nadie especial por estos lados, y por un tiempo intentamos,
con alguien a quien quiero mucho, reflotar una relación a distancia. Lo que no resultó, pero me dejó muchas
enseñanzas. Aunque como me lo han hecho ver algunos de esos amigos y
amigas que voy a extrañar, todavía no estoy bien de aquello,
todavía queda algo que cerrar. Y por lo mismo me perdono (o intento) el no ser
un Don Juan, el no tener historias que contar al respecto. Y no las voy a
inventar tampoco. Soy lo que soy, he hecho lo que he hecho, y sería.
Me gustaría
decir que lo que tiene que venir vendrá en su momento. La verdad no
lo sé, y siento que ya he asimilado cierto pesimismo al respecto,
pero veremos, quizás solo sea un periodo. Al menos me gustaría que
así fuera.
¿Qué más?,
bueno, sé que después de Japón viene Corea, no creo que por mucho
tiempo una o dos semanas cuando mucho, y con suerte después China.
De ahí, ni idea. Tengo algunos planes, pero veremos, aun queda
tiempo y parte del tema es que en el camino las cosas vayan
ocurriendo también. Por lo mismo se aceptan sugerencias, ideas,
consejos, todo lo que se les ocurra, para poder seguir viajando y ver
el mundo. O vivirlo.
Creo
que ahora ya estoy bastante más tranquilo, incluso debajo de esa
máscara de seriedad, de verdad, en la piel.
Una vez más, el mágico poder curativo de las palabras.
Una vez más, el mágico poder curativo de las palabras.


















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