Una montaña rusa es poco comparado con lo que han sido estas últimas semanas. O dicho de otra forma, si me remitiera a los Arcanos del Tarot, este tiempo habría sido algo así como un periodo Rueda en pleno.
Pasé de esperar a alguien acá en Nueva Zelanda, a que nos vieramos en Chile, a que nos vieramos en el Sudeste Asiático, a que nos vieramos -pero antes- en Chile, para terminar en el no vernos para nada.
Después de todo esto, y gracias a que mental y emocionalmente ya he paseado por medio mundo, quedé -y no solo yo probablemente- cansado, triste y estresado, pero la paradoja es que físicamente ni me he movido de Wellington. Y quedan dos meses, un poco menos, para que se me termine la visa.
En síntesis, aún no tengo un paso para más adelante, como casi siempre. De vuelta entonces al estado natural de estar perdido. Y si bien no todos los que andan sin camino están perdidos, pues yo sí. Y lo estoy porque no le tengo tanta fé al paso ciego, ese que voy a dar igual. Me maravillo de la gente que avanza y avanza, que no le teme al quedarse sin dinero a mitad de camino, o a perder las cosas o a enfrentar burocracias y problemas. Gente que no fluye, gente que desborda.
Quisiera ser así, pero no lo soy. Lo tengo claro. Salir de Chile ya fue un gran paso para alguien que tiende a quedarse quieto, algo que se explica solo con el hecho de que ya voy para medio año en esta -hermosa y agradable- ciudad.
Dentro de todo estoy tranquilo, o me tranquilizo mientras escribo. Siempre ha sido una relación simbiótica esta, escribo/me escribo. Me ordeno, desahogo, calmo.
Y ya no fui al Sudeste Asiático, los pasajes están carísimos, dejé pasar mucho tiempo. Pienso en irme a Australia al menos por un tiempo, una semana cuando mucho. Quizás un poco más.
Al final, estoy desgastado emocionalmente. Y así no vale la pena seguir viajando. Por lo menos así lo siento ahora.
¿Volver a Chile?, tampoco me llama la atención. Salvo para ver a mi familia y amigos. Pero, ¿y después qué?, todo será un sueño. Hoy, este momento, la gente que he conocido, las cosas que he aprendido. Todo será ese loco año que viví en Nueva Zelanda. Y no es que pueda impedir que esto sea un sueño, inevitablemente lo será, es que no quiero que lo sea mañana.
No quiero que mañana vuelva a tener una carga angustiosa el lunes, no quiero tener que repactar deudas, ver si sigo o no en Fonasa, enfrentar al SII y las cotizaciones obligatorias, buscar un trabajo gris bajo un cielo igualmente gris.
No quiero volver. Pero tampoco me siento como para seguir viajando, me falta fuerza. Y tampoco quiero quedarme y seguir haciendo lo mismo.
Nunca pensé que el verano fuera tan frágil.
Pero, curiosamente, sentado en este antiguo sillon, al lado de la misma ventana que mira al Mt. Victoria, que me ha iluminado en estos últimos meses, y mientras afuera se celebran con disfraces y fiestas los Sevens (un torneo/carnaval de rugby), me doy cuenta que aún con cierta amargura, aún con tristeza y soledad, éstos son los momentos felices de la vida.
No hay grandes nubes negras, enfermedades, muertes, dolores ni graves problemas de seres queridos. No hay nada terrible en el viento que mueve hipnóticamente esas blancas flores enredadas en la enorme muralla de la casa de al frente, dónde me he perdido por unos minutos.
No hay grandes nubes negras, enfermedades, muertes, dolores ni graves problemas de seres queridos. No hay nada terrible en el viento que mueve hipnóticamente esas blancas flores enredadas en la enorme muralla de la casa de al frente, dónde me he perdido por unos minutos.
¿Cómo?, puede ser que estos momentos agónicos del tiempo, los últimos estertores de una realidad pronta a ser sueño, me acercaran a un Aleph. Y tras esa ojeada al futuro y al pasado al mismo tiempo -insisto, puede ser-, que haya tenido un poco de suerte. Y pudiera entender.
Que pese a todo, estos son los momentos felices.






Saca fuerzas, no te vengas, sigue descubiendo. El panorama acá no es muy alentador.
ResponderEliminarTe quiero